Agricultura

Ante los retos de la sequía, España recurre a soluciones medievales y a la “sabiduría antigua

Un grupo de voluntarios y trabajadores excavando acequias

Para hacer frente a los retos que plantea el cambio climático, se están recuperando y excavando antiguas acequias, una red de canales de agua construidos por los árabes hace más de 1.000 años.

En las regiones elevadas de las montañas del sur de España, un grupo de unos 40 individuos armados con horcas y palas limpiaron diligentemente los montones de piedras y hierba de un canal de tierra construido hace siglos. Sorprendentemente, este canal sigue manteniendo la frondosidad de las laderas hasta el día de hoy.

“Es una cuestión de vida”, afirma Antonio Jesús Rodríguez García, agricultor del pueblo vecino de Pitres, de 400 habitantes. “Sin esta agua, los agricultores no pueden cultivar nada, y la supervivencia del pueblo está en juego”.

La subida de las temperaturas y el calor extremo que han azotado esta semana muchas zonas del sur de Europa son un duro recordatorio de los retos que impone el cambio climático en España. El martes, las temperaturas se dispararon hasta los 109 grados Fahrenheit, lo que provocó alertas meteorológicas naranjas y rojas en la mitad del territorio. Estas olas de calor abrasador y las sequías prolongadas suponen un riesgo importante, ya que tres cuartas partes del país se enfrentan a la amenaza potencial de desiertos invasores a lo largo de este siglo.

Ante esta cruda realidad, agricultores, voluntarios e investigadores españoles se han sumergido en la historia para encontrar soluciones. Están recurriendo a una extensa red de canales de riego, construidos originalmente por los moros, la comunidad musulmana que conquistó y se asentó en la Península Ibérica durante la Edad Media.

Estos canales de agua, conocidos como “acequias”, derivado del término árabe “as-saqiya”, que significa conducto de agua, han desempeñado un papel fundamental en el mantenimiento de la vida en una de las regiones más secas de Europa. En particular, abastecen de agua a las majestuosas fuentes del palacio de la Alhambra y han transformado la región andaluza en un bastión agrícola.

El pueblo de Cañar, en la Alpujarra del sur de España
El pueblo de Cañar, en la Alpujarra del sur de España

Hacia la década de 1960, numerosas acequias cayeron en el abandono al cambiar España a un modelo agrícola que daba prioridad a los embalses y llevó a mucha gente a abandonar las zonas rurales por los centros urbanos. A medida que disminuía la utilización de la red, también lo hacían los antiguos conocimientos y costumbres que antaño habían llevado el agua hasta los lugares más recónditos de Andalucía.

Hoy en día, el intrincado sistema de acequias está experimentando un renacimiento, canal abandonado por canal, al ser reconocido como un método rentable y eficaz para combatir la sequía.

“Las acequias han resistido más de mil años de cambios climáticos, sociales y políticos”, señala José María Martín Civantos, arqueólogo e historiador que dirige un importante proyecto de restauración. “Entonces, ¿por qué deberíamos renunciar a ello ahora?”, se pregunta.

El Sr. Civantos, un hombre corpulento con perilla, reveló que los árabes habían construido una vasta red de acequias, que abarcaba al menos 15.000 kilómetros a través de las provincias andaluzas de Granada y Almería, durante el periodo de Al-Andalus. Explicó que, antes de la implantación de las acequias, cultivar alimentos en el clima volátil del Mediterráneo, marcado por sequías periódicas, era todo un reto.

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Según el Sr. Civantos, la brillantez del sistema reside en su capacidad para regular el flujo de agua de las montañas a las llanuras, ralentizándolo eficazmente para mejorar la retención y la distribución equitativa.

José María Martín Civantos, an archaeologist
José María Martín Civantos, an archaeologist

En ausencia de acequias, el deshielo de las cumbres de las montañas fluiría directamente a los ríos y lagos, que acabarían secándose durante el verano. Sin embargo, con la presencia de acequias, el deshielo se desvía hábilmente por numerosos canales que serpentean por las colinas. Esto permite que el agua penetre en el suelo, creando un “efecto esponja”, y posteriormente se desplaza lentamente por los acuíferos. Meses después, el agua resurge ladera abajo en forma de manantiales, asegurando un suministro continuo para regar los cultivos durante la estación seca.

Las acequias abundan en la Alpujarra meridional, en la vertiente sur de Sierra Nevada. En cada recodo del camino, el agua brota de las montañas y nutre el suelo del altiplano. En los característicos pueblos encalados de la región, brota de las fuentes, testimonio del legado perdurable de este ingenioso sistema de gestión del agua.

Elena Correa Jiménez, investigadora que participa en el proyecto de restauración dirigido por la Universidad de Granada, comenta:

“Los árabes nos legaron no sólo las acequias, sino también el extraordinario paisaje que crearon con ellas”.

Con una pala en la mano, señaló la frondosa extensión que se extendía por debajo.

“Nada de esto existiría sin las acequias”, afirma. “No habría agua para beber, ni fuentes, ni cultivos. Casi parecería un desierto”.

El agua tiene tanta importancia en esta región que los lugareños hablan de ella como si fuera un cultivo en sí mismo. En lugar de ser simplemente absorbida por el subsuelo, se refieren a ella como “sembrada”. En lugar de limitarse a recoger agua para el riego, la consideran una preciada “cosecha”.

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Según datos gubernamentales, cuando España sustituyó numerosas acequias por sistemas modernos de gestión del agua, se abandonó hasta una quinta parte de las acequias sólo en Sierra Nevada.

La revolución agrícola transformó Andalucía en el patio trasero de Europa, suministrando grandes cantidades de granadas, limones y cebada a todo el continente. Sin embargo, esta transformación también desencadenó una insaciable sed de agua, lo que provocó el agotamiento de los acuíferos de la región y agravó las condiciones de sequía.

Para agravar los problemas, España es ahora más vulnerable a olas de calor cada vez más frecuentes debido al cambio climático. Según la Agencia Estatal de Meteorología, esta primavera ha sido la más calurosa jamás registrada en España, con temperaturas que en abril superaron los 100 grados en Andalucía.

La fuente de agua en Cañar
La fuente de agua en Cañar

Cañar, un pintoresco pueblo enclavado en la Alpujarra, se ha enfrentado a importantes retos debido a la agricultura intensiva, el aumento de las temperaturas y el abandono de una acequia cercana. Como consecuencia, numerosas parcelas agrícolas del pueblo yacen ahora estériles. Un cartel en una cafetería reza: “Busco finca de regadío”, lo que indica la escasez de recursos hídricos. Además, la mayoría de los arroyos de montaña de la zona pasan de largo por Cañar, canalizando el agua hacia un río del valle, donde se cultivan aguacates en invernaderos. Lamentablemente, esto ha provocado que los habitantes del pueblo no tengan oportunidades de empleo en la industria del aguacate.

Ramón Fernández Fernández, un agricultor de 69 años, recuerda los tiempos en que las casas del pueblo se derrumbaban bajo el peso de la nieve invernal. Cuando se le preguntó por la última vez que había nevado en la zona, se rió, indicando que había pasado bastante tiempo. Expresó que los años difíciles del pasado se consideran ahora los mejores debido a las persistentes sequías que afectan a la región.

En 2014, el pueblo sirvió de lugar de pruebas para el proyecto de restauración de acequias del Sr. Civantos. Durante un mes, él y 180 voluntarios trabajaron bajo un sol abrasador para desenterrar y revivir el antiguo canal.

“Durante la restauración, algunos agricultores de unos 80 años lloraban de emoción porque habían perdido la esperanza de volver a ver fluir el agua”, cuenta Civantos.

Recuerda con emoción a un anciano que, cuando el agua empezó a fluir, estaba de pie en la acequia y hacía gestos con los brazos como si guiara el agua de vuelta al pueblo.

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Francisco Vílchez Álvarez, miembro de un grupo de residentes responsables de la gestión de las redes de riego en Cañar, expresó cómo la restauración de la acequia ha brindado a algunos residentes la oportunidad de volver a cultivar cerezas y kiwis.

Ramón Fernández Fernández dijo que recordaba cuando las casas en Cañar se derrumbaban bajo el peso de la nieve del invierno
Ramón Fernández Fernández, a la derecha, dijo que recordaba cuando las casas en Cañar se derrumbaban bajo el peso de la nieve del invierno

El Sr. Civantos y su equipo han hecho progresos significativos, recuperando hasta ahora más de 60 millas de canales de riego. El grupo está formado por investigadores, agricultores, activistas medioambientales y residentes locales, que trabajan codo con codo con herramientas de jardinería y recorren la región de las Alpujarras.

La iniciativa ha cobrado impulso y se ha extendido a otras regiones españolas del este y el norte. Sin embargo, el Sr. Civantos y varios agricultores manifestaron que siguen teniendo dificultades para obtener apoyo financiero. Los políticos y las empresas tienden a considerar las acequias menos eficientes que las redes hidráulicas modernas, lo que limita el apoyo financiero a sus esfuerzos de restauración.

“Es difícil cambiar de mentalidad”, afirmó. “Pero cuando se percibe la eficiencia en términos de multifuncionalidad, los sistemas de riego tradicionales demuestran ser mucho más eficientes. Destacan en la retención de agua, la recarga de acuíferos y la mejora de la fertilidad del suelo”.

Sin embargo, el reto más importante para preservar las acequias reside en salvaguardar los conocimientos ancestrales que sustentan su existencia.

En pueblos como Cañar, donde aún se emplea un libro de registro del siglo XIX para asignar el agua a los agricultores, el éxodo rural ha supuesto una amenaza para la transmisión de técnicas que tradicionalmente se transmitían oralmente.

Recientemente, un residente que poseía un profundo conocimiento de cada ramal a lo largo de 22 millas de acequias en la zona falleció, llevándose a la tumba “preciosos conocimientos ancestrales”, según expresó el Sr. Vílchez. Durante la operación de limpieza, el alcalde de Pitres, José Antonio García, de 58 años, señaló que las acequias encierran una gran sabiduría. Expresó:

“Ahora tenemos la oportunidad de aprovechar esta sabiduría ancestral para combatir el cambio climático. Pues, vamos”.

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